La Voz Que Más Importa: Cómo Dejar de Vivir Para la Aprobación de los Demás

Querido amigo,

Bienvenido a un nuevo episodio de Hay Más, un espacio dedicado a explorar la salud mental y el bienestar desde la perspectiva de alguien que lucha contra este tipo de desafíos, un espacio en el que buscamos recordar que hay más que el dolor, el sufrimiento y la enfermedad. Hay más que este momento. Hay una vida plena que te espera.

Recuerdo que aun siendo una adolescente le tenía una especie de miedo a las palabras y opiniones de las personas a las que yo categorizo como “voces de autoridad”. Estas han incluido tradicionalmente a los miembros de mi familia nuclear y cercana, amigos cercanos, y a cualquier figura de autoridad particular en dado momento de mi vida. Por ejemplo, a líderes de comunidades católicas en las que he participado, a psicólogos o psiquiatras, médicos de alguna otra especialidad, y quizás alguna vez a algún profesor a quien admirara.

Lo normal para mí era que lo que estas personas dijeran se quedara grabado en mi mente. El escuchar lo que estas personas pensaban sobre cosas relacionadas a mí o el escuchar consejos de ellos para mí significaba que esas voces de estas “figuras de autoridad” se guardaran como fuertes ecos en todos los espacios de mi mente. Y así, cada vez que yo me ponía a pensar en el tema del cual trataban estos consejos u opiniones, todas estas “voces de autoridad” se despertaban y empezaban a sonar en mi mente.

Si yo empezaba a pensar diferente a lo que estas voces de autoridad decían, sentía como que las voces se empezaban a poner inquietas. Esto era peor si mis pensamientos iban en una dirección opuesta porque aquí las voces de autoridad se volvían más presentes e insistentes. Hasta podía visualizar en mi mente las miradas pertenecientes a estas voces de autoridad y sentirlas viéndome con desaprobación. Era inevitable para mí sentirme desde ya angustiada, culpable y con miedo a decepcionar a estas figuras de autoridad.

Y creo que detrás de todo esto se escondía algo más profundo que era la convicción de que todas estas personas tenían razón, todas, menos yo. Y, ¿por qué iba a querer yo cometer un error y vivir las consecuencias negativas, pasarla mal, etc, cuándo podría evitarlo al tratar de apegarme a lo que estas voces repetían?

El valor que mi mente le daba a estas famosas voces de autoridad era tal que se convirtieron en una verdadera obsesión para mí como parte de mi trastorno obsesivo compulsivo, persiguiéndome en mi mente cada vez que me ponía a pensar sobre algún tema importante, ya sea para comprender qué opinaba yo misma al respecto o qué decisión era la que debía tomar.

Mi vida cotidiana se vio grandemente afectada por las voces de estas figuras de autoridad, porque lo que tenían qué decir solamente se iba acumulando en la medida en la que yo vivía más años y acumulaba más temas que evaluar y más decisiones qué tomar. Llegué a tener una buena lista de temas que al abrirse en mi mente inmediatamente despertaban los ecos de las voces de autoridad y sus miradas de desaprobación, generándome mucha ansiedad y una incapacidad para poder si quiera pensar en dichos temas.

Lo mismo pasaba con algunos comportamientos y actividades que hacía en mi vida. Sentía que tenía que hacerlas de una forma que fuera igual a la que veía en estas figuras de autoridad porque ellas lo estaban haciendo bien y si yo quería hacerlo bien también, tenía que comportarme exactamente igual que ellos.

Para serte sincera, amigo, este fenómeno se dio en mí por muchísimos años, muchos más de los que yo hubiera querido. Y en el fondo siempre estaba ese miedo a pasarla mal como consecuencia de tomar malas decisiones, acompañado de la creencia de que todos podrían tener la razón excepto yo. Era como si mi voz interior estuviera en silencio, en mudo.
Gracias a Dios, llegó un día muy importante hace un par de años en el que escuché algo que fue tan sencillo, pero tan poderoso que me cambió la vida.

Varias de las figuras de autoridad en ese momento en mi vida estaban llevando vidas muy activas, haciendo una variedad de ejercicios y comprometiéndose a muchas responsabilidades. Yo me sentía cada vez más abrumada y ansiosa. Sentía una presión enorme por estar teniendo el mismo nivel de actividad que estas personas, y por comprometerme a más responsabilidades como estas personas lo hacían. Y esto me causaba una gran ansiedad porque yo no me sentía capaz de llevar vidas con ese nivel de actividades y responsabilidades. Mis niveles de energía eran muy bajos y mi ánimo también.

El tiempo pasaba y las voces de autoridad y las miradas de estas personas se volvían cada vez más presentes en mi mente, haciéndome sentir como que no estaba haciendo las cosas bien en mi vida, como que no estaba a la altura, y como que si quería tener más recompensas en mi vida necesitaba estar viviendo vidas como las de las personas a las que esas voces de autoridad pertenecían. Y yo seguía sintiendo que para mí eso simplemente no era una realidad posible.

Cuando ya había llegado a un punto de bastante ansiedad, se lo dije a la psicóloga que estaba atendiéndome en ese tiempo. Y refiriéndose a una persona en particular de todas estas, me dijo: “Esa es la mochila que esa persona ha decidido cargar. Pero es su mochila. Tu no tienes por qué cargarla. Es su mochila. No es tuya.”

Esto fue realmente una forma de verlo tan sencilla pero tan acertada. La analogía me ayudó a ver claramente que estas personas, estas figuras de autoridad, habían tomado sus propias decisiones y decidido ponerse encima las cargas que ellas habían aceptado. Cada una de ellas tenía su propia mochila, sus propias responsabilidades que había aceptado. Y yo tenía mi propia vida y la libertad de elegir lo que yo ponía en mi mochila y lo que no.

Desde ese día cada vez que me encontraba con alguna de estas figuras de autoridad haciendo sus múltiples actividades y atendiendo su variedad de responsabilidades, he podido decirme a mí misma “esa no es mi mochila, qué importa”.

Poco a poco he ido mejorando en hacer este ejercicio y me he ido sintiendo mucho más libre de presiones que surgen de ver lo que otras personas deciden hacer en sus vidas, que parece muy bueno, pero que siento que yo no puedo hacer. Siempre me recuerdo a mí misma que esas son las decisiones que ellos han tomado, y que yo también tengo la libertad de decidir lo que yo quiero hacer.

Como te comenté antes, esas voces de autoridad también se convertían en un tormento cuando yo comenzaba a pensar sobre un tema equis de forma diferente o hasta contraria a lo que esas voces de autoridad tenían que decir.

Justo el año pasado tuve un episodio fuerte de esto que me generó mucha ansiedad. Comencé a abordar uno de estos temas mentalmente complicados para mí con mi psicóloga. Yo le traté de explicar absolutamente todo sobre este tema con la mayor cantidad de detalles y matices que podía. Y seguía poniéndome ansiosa al explicarle porque tenía miedo de que ella, que ya era una voz de autoridad, me dijera palabras que solo contribuyeran a las grabaciones atormentadoras que ya tenía guardadas en mi mente.

Para mi gran alivio, este no fue el caso. Ella no dijo ninguna de las cosas que yo me temía. Pero mientras yo seguía explicando más sobre dicho tema, yo seguía estando ansiosa, siempre a la expectativa de qué iba a decir ella en cualquier momento y a la vez teniendo las voces de autoridad y sus miradas llenas de crítica, desaprobación o decepción en mi mente.

De todas formas, yo insistí en seguir explicando el tema y me tomé varias sesiones para hacerlo. Y sucedió algo que me sorprendió aún más. Entre más hablaba del tema, más me daba cuenta de cuánto yo sabía de lo que estaba hablando, de que yo conocía todos los ángulos de este tema, todas las perspectivas, todos sus detalles y cada explicación a cualquier pregunta que podría surgir.

Me di cuenta de que yo ya tenía la claridad que necesitaba sobre este tema, y de que yo realmente no tenía ninguna crítica al respecto como las que había escuchado saliendo de mis voces de autoridad. Lo que yo realmente quería en el fondo era que alguien, alguna de mis figuras de autoridad, me diera, entre comillas, el visto bueno o la aprobación o el permiso de pensar como yo pensaba.

Reflexionando un poco más, regresé a observar cómo esto era porque yo pensaba que todas estas figuras de autoridad tenían la razón y estaban en lo correcto en lo que pensaban y hacían, y que si yo pensaba diferente entonces estaba equivocada o haciendo algo incorrecto. Al final de todo, estas figuras de autoridad se habían ganado ese lugar para mí por considerarlas yo más conocedoras de la vida en general o simplemente mejores personas, moralmente hablando.

Pero al fijarme en cómo yo era la que conocía todos los detalles del tema tan bien, tuve que llegar a preguntarme ¿no debería de ser eso suficiente como para convertirme a mí en la voz de autoridad en este tema?

Aunque esto sonara súper lógico, mi mente seguía fuertemente enganchada a esta idea y sensación de que eso no podía ser, de que mi voz era como una excepción, una voz que no tenía sonido y que no contaba para nada.

Y a esto le siguieron más confusiones y más preguntas: ¿Por qué tenía yo esta percepción de mí misma?

Me di cuenta de que en experiencias pasadas de mi vida había sucedido que en momentos importantes mi opinión no había sido tomado en cuenta. Yo había hablado, había dicho lo que pensaba, había dicho lo que sentía y lo que quería hacer, pero los demás a mi alrededor, a pesar de haber oído mis palabras, pasaron encima de ellas y no las tomaron en cuenta. Fue como si yo ni siquiera hubiera hablado. Lo cual resultaba ser muy doloroso.

Estas experiencias anteriores me habían convencido de que mi voz, mi opinión, mi forma de ver las cosas, mi entendimiento de los eventos a mi alrededor y mis subsecuentes decisiones, no eran importantes.

Mi voz había sido invalidada en tantas ocasiones de formas significativas que yo misma había perdido la habilidad de confiar en mi propia percepción de las cosas, en mi propio entendimiento, en mis opiniones y en mis procesos de decisión.

Al comprender que mi incapacidad de escucharme a mí misma venía de esto, me fue más fácil hacer un esfuerzo consciente por reestructurar la forma en que mi mente priorizaba todas esas voces de autoridad.

Me di cuenta de que, aunque esas figuras de autoridad con sus respectivas voces siempre iban a existir para mi mente como fuertes fuentes de referencia, la voz de autoridad más importante tenía que ser la mía. Porque yo soy la que mejor me conoce, la que más sabe de mí, la que mejor entiende cómo pienso y por qué creo que lo mejor para mí es ir en esta dirección o la otra.

Amigo, es increíble tener a personas que respetamos a nuestro alrededor, a personas en las que confiamos y a las que podemos tomar como buen ejemplo. Es maravilloso tener cerca a personas a quienes podamos contarles sobre nuestras situaciones, sabiendo que nos darán su honesta opinión y consejo.

Pero ¡ojo! Esto no quiere decir que debemos permitir que las acciones y voces de estas personas nos hagan olvidar nuestra propia voz.

Después de observar el buen ejemplo de otros, de escuchar consejos, tú tienes derecho a tener la última palabra en lo que decides hacer y en lo que piensas.
Tú tienes el derecho de ser tu voz de autoridad final.

Claro que puedes equivocarte, pero esto es parte normal del proceso de aprender a respetarte a ti mismo y a valorar tus propios pensamientos, sentimientos y decisiones.

No cargues con mochilas que tú mismo no hayas evaluado y decidido cargar. Y date tu lugar en tu vida.

Trabaja en conocerte a ti mismo cada vez mejor, y en conocer y comprender los escenarios y situaciones que te rodean de forma más profunda. Esto te ayudará a que al observar el comportamiento de otros a tu alrededor y al escuchar sus opiniones y consejos, puedas escucharte a ti mismo también, teniendo una mejor capacidad para tomar las decisiones finales.

Llegamos al final de este episodio, amigo, y quiero pedirte que, si te gustó o ayudó, que dejes un comentario, que sigas al podcast, que dejes una reseña o que lo compartas con alguien a quien creas que puede ayudarle. También te invito a conectarte conmigo en Instagram o Facebook. Puedes encontrar los enlaces en las notas del episodio. Y recuerda que puedes activar las notificaciones para enterarte inmediatamente de cuando sale un nuevo episodio. Todo esto te lo voy a agradecer muchísimo ya que así contribuyes a la calidad del contenido del podcast y a que más personas puedan descubrirlo.

¡Gracias por estar aquí! Nos vemos en el próximo episodio. ¡Y ánimo! ¡Porque siempre hay más!

La Voz Que Más Importa: Cómo Dejar de Vivir Para la Aprobación de los Demás
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